Hay que ser una persona guapa, lista, bisexual y antifascista.

Desde el momento que te das cuenta de que eres bisexual, después de todas las dudas, después de toda la bifobia y la violencia que el sistema monosexista y endocisheteropatriarcal vierte sobre ti solo queda una salida: rebelarte contra la opresión y contra todo aquello que lo alimenta. El propio sistema que crea “monstruos” que no puede tolerar.

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Tras mucho tiempo cuestionándote a ti mismo, tu deseo y tu orientación; tras preguntarte constantemente si serás suficiente, aunque nunca tengas muy claro de que exactamente; es normal dudar de otros campos de tu vida, no solo de tu deseo, y que empieces a sospechar de lo que te rodea. Es que es el propio sistema quien nos hace cuestionarnos y habituarnos a preguntarnos si algo está bien, si es suficiente, si es normal o si podremos encajar alguna vez.

Una vez que aceptas ese ser “monstruoso” que la sociedad hace de ti, que haces las paces con él y que integras esa sombra en tu interior te quedan las herramientas con las que llegaste a esa aceptación. Con esas herramientas te enfrentas al mundo habitándolo desde fuera, desde un “no lugar”, desde un lugar intermedio, ya que el propio mundo te rechaza en sus esquemas binarios y maniqueos de las cosas. Es a partir de ahí cuando solo puedes preguntarte que está mal y ahí descubres que lo que está mal es el sistema que no solo te ha oprimido a ti por tu bisexualidad si no que te oprime y oprime a otros por muchas otras cosas.

Si has conseguido rebelarte contra la opresión para poder aceptar quién eres, la única salida que te queda es seguir rebelándote para cambiar el sistema para que deje de empujarte hacia abajo hasta desaparecer solo por tu orientación y para que deje de empujar a otros. Porque la violencia que se ejerce con el acoso, la vigilancia y el asedio de las fuerzas de seguridad tiene el mismo origen y se reproduce en nuestra forma de relacionarnos y en nuestros cuerpos: la falta de protección jurídica, la fiscalización de nuestras relaciones y de nuestra corporalidad nos deja vulnerables.

Esta violencia estructural es profunda. No hablamos de simples estereotipos, sino de la superficie visible de una persecución cotidiana: desde la cultura de la violación que nos hipersexualiza y culpa a las víctimas (especialmente a las mujeres bi+), hasta la denegación sistemática del asilo político bajo la excusa perversa de que nuestra orientación nos permite “elegir” simular una vida heterosexual para esquivar la persecución. Nos enfrentamos a la deslegitimación constante de nuestras capacidades de cuidado y de nuestra crianza, a dinámicas de control y celos en la pareja alimentadas por la sospecha permanente a que seremos infieles solo por nuestra orientación, y a una patologización institucional que insiste en catalogar nuestro deseo como un trauma, un síntoma de confusión o una anomalía psiquiátrica (algo que hizo la propia Comunidad de Madrid hasta hace bien poco). Una violencia médica real que destruye nuestra salud mental y que empuja a datos alarmantes de ideación e intentos de suicidio como consecuencia directa del borrado y del aislamiento.

El odio cada vez más creciente en nuestra sociedad se debe a que estamos asimilando demasiado rápido y demasiado fácilmente los discursos racistas, misóginos, tránsfobos y esencialistas de la ultraderecha y el fascismo.

La bisexualidad, como va más allá de la norma y rompe con el monosexismo, rompe con lo binario y se intersecciona con otras luchas como la trans, la asexual o la intersexual. Ser, por ejemplo, una persona no binaria y bi supone encarar un doble estigma en el que no se comprende la identidad de género ni se respeta la orientación, sofocando la libertad fundamental de existir. Del mismo modo, negamos la simplificación que ignora que entre el 50% y el 53% de las personas trans adultas se definen en orientaciones bi+. Esta confluencia no nos convierte en enemigas de ninguna orientación; al contrario, respetamos las luchas del resto de siglas mientras denunciamos el origen machista y patriarcal que jerarquiza los deseos. Si la propia comunidad LGTBIAQ+ no hace un ejercicio honesto de autocrítica frente al borrado interno, la plumofobia o la asimilación forzosa en lógicas monosexuales que asumen que solo podemos ejercer un rol sexual (especialmente en las relaciones entre hombres donde para ser un buen hombre bisexual hay que ser únicamente activo), estará reproduciendo los mismos patrones que nos dividen y nos debilitan.

Es por eso que la bisexualidad, si se vive plenamente (y esto querrá decir de tantas formas como personas bisexuales haya), es en esencia antifascista. Por ejemplo, somos el puente perfecto desde el que saltar y alejar a los hombres de la manosfera y el movimiento incel porque nos brinda nuevas formas de masculinidad y de relacionarnos. Estaba convencido cuando hablé de ello en la Bi+ World Conference que se celebró en Ámsterdam en julio de este año y cada día lo estoy más.

Las personas bi+ existimos, resistimos y somos parte del antifascismo.

Imagen de Alex Robles

Alex Robles

Tengo un máster en Filosofía especializado en Estética y Teoría de las Artes y se como utilizarlo para hacer crítica cultural, redactar, buscar tendencias como coolhunter, crear obras artistas desde un punto de vista multidisciplinar, hacer de estilista... Cualquier cosa relacionada con la cultura, la expresión o la comunicación forma parte de mí.

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Tengo un máster en Filosofía especializado en Estética y Teoría de las Artes y se como utilizarlo para hacer crítica cultural, redactar, buscar tendencias como coolhunter, crear obras artistas desde un punto de vista multidisciplinar, hacer de estilista... Cualquier cosa relacionada con la cultura, la expresión o la comunicación forma parte de mí.

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