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Filosofía Pop: No controles mi forma de vestir

Aunque pueda sonar raro la Filosofía Pop existe: es una filosofía para la que no existe nada trivial y que es accesible a cualquiera que quiera entenderla. La Filosofía Pop nace de la conjunción del mundo cotidiano  y del pensamiento, que al colisionar en la experiencia hacen que se busque un sentido, que se dote a lo que experimentemos de un significado. No pretende erigirse como una atalaya ocupándose de los problemas metafísicos y del sentido de la realidad, requiere de lo cotidiano para poder existir, pretender dar respuesta a lo que sucede en el día a día. Al igual que Slavoj Zizek, recurriremos a elementos de la cultura popular para explicar la filosofía, para explicar ideologías, éticas, problemas sociales y a la luz de la propia filosofía o bien plantearemos preguntas que debe resolver la sociedad civil o el individuo y/o propondremos alguna solución. Como Deleuze buscaremos la verdad cuando estemos determinados a hacerlo en función de una situación concreta, cuando sufrimos una especie de violencia que nos empuja a esta búsqueda. Adentrémonos en un modo pop de hacer filosofía.

Empezar un año normalmente suele venir acompañado de fiesta y quizá algo de resaca pero este 2017 ha sido algo diferente. Desde el día uno estuvimos hablando de los centímetros de tela del vestido que lució Cristina Pedroche para dar las campanadas. Las redes sociales se inundaron rápidamente de comentarios sobre la falta o no de decencia de la presentadora, aunque tampoco falto quienes señalaron a que el culpable podría estar entre los directivos de la cadena. Como filósofo semiólogo en ciernes que soy reconozco que la moda dota de un significado a la indumentaria que llevamos, más una prenda diseñada por Pronovias e ideada por el estilista Josie, quienes iban con una intención declarada. Según los autores de este vestido las referencias se encontraban en el cabaret, en la astrología y algunas grandes e importantes figuras de la moda y el espectáculo, el propio Josie lo explica aquí, ya que se le acusó de plagio.

Aunque los elementos de inspiración parecen estar más o menos claros por parte de sus artífices ¿qué es lo que significaba ese vestido en ese contexto en concreto? Para algunos las referencias eran bien distintas: que las mujeres en televisión solo pueden aparecer siendo simplemente cuerpos cuya única utilidad es la de ser deseadas. Poco se ha hablado de las dos carreras que tiene Pedroche o de su trayectoria profesional, todo se ha centrado en la expectación sobre lo que iba a llevar, en cuanto iba o no a enseñar. Su presencia en la pantalla se ha convertido únicamente en una imagen sexualizada. Esto hubiera sido impensable con periodistas o presentadoras de más edad o que no cuadrasen con los cánones en los que encaja Cristina. De hecho lo más probable es que esas mujeres precisamente estuvieran descartadas desde el principio por su longevidad, o sus hechuras, ya no porque fueran a ponerles exactamente ese mismo modelito. Si se la eligió a ella y se la vistió de aquella forma fue sido por otras razones.

Si nos ponemos a investigar parece que el diseño original era otro: con mangas, un corsé, transparencias y aplicaciones de estrellas, muy parecido al original, sí, pero con otras connotaciones. Las mangas que no cubrirían aquellas partes del cuerpo que aún se censuran en otros lugares por considerarse obscenas, como pechos y nalgas, habrían añadido más tela. Esos centímetros de tela en los brazos habrían añadido más significado, centrando más la atención en el propio vestido que en la desnudez de su portadora, habrían añadido más de esas referencias que se querían plasmar en el diseño. Al prescindir de las mangas nos encontramos a Cristina Pedroche convertida en un simple objeto. Aunque ella misma dijo en un entrevista  en El Hormiguero:

¿En qué siglo vivo? ¿Si vas con escote o con minifalda eres menos inteligente que las que van con cuello vuelto? Mi madre cuando era pequeña me decía: “Ponte lo que te da la gana siempre que tú te sientas guapa”.

Es decir no pensaba ponerse un vestido para ser cosificada y subir la audiencia, pero al final es lo que sucedió. Entonces, ¿de quién ha sido la culpa de todo este circo que se ha montado?

Pedroche no dirige la cadena de televisión en la que trabaja, no es la dueña ni decide quien contrata a quien para hacer qué; tampoco hace los guiones de los programas en los que aparece. Muchos han dudado de su inteligencia porque muchas veces puede hacer el papel de tonta o se presta a un humor muy básico y absurdo, mientra, sus compañeros masculinos pueden recurrir a ese mismo humor y no por ello se duda de su inteligencia o sobre la posición en la que dejan a su sexo (aunque esto último no se planteé quizá habría que empezar a hacerlo). Pasa lo mismo con Alberto Chicote, que presentó las campanadas junto a Cristina, de él no se habla ni por lo que visitó ni por lo que hace. El problema está en que a ellas se las juzga por su sexo y por todos los roles de género que se nos han inculcado sobre las mujeres.

Sigue siendo un problema que ellas todavía sigan siendo un adorno, que se las siga usando para generar audiencia como una atracción, sí, pero puede que dejar de escandalizarnos por unas transparencias sea la solución. Y digo esto porque muchas de las opiniones vertidas en las redes sociales y medios iban directamente en ese sentido. La culpa no es de las mujeres, ellas se ponen una prenda de ropa, la cadena las usa y determinadas personas eligen una cadena u otra en función del aspecto de la presentadora o de la expectación que este pueda causar. Ese es el problema, el interés desmedido que puede generar únicamente lo que se pone una mujer. Esta claro que no debemos centrar las críticas en Pedroche, ella forma parte de un sistema que objetiviza a las mujeres y ella no se da cuenta, pero como muchas otras personas. Este “no darnos cuenta” es algo complejo de superar, pues estamos ante algo que forma parte, muy lamentablemente, de nuestra cultura, de la educación que hemos recibido. Es un espeso y viscoso líquido negro moral que se cuela por todas las rendijas posibles calando hasta lo más profundo, y eso cuesta mucho limpiarlo. Pedroche no es la culpable, es otra víctima del sistema machista y esto lo dejo claro en aquella famosa pregunta que le hizo a Alyssa Carson.

La respuesta no puede ser taparse para hacerse respetar, si alguien quiere enseñar, porque le gusta o se ve bien, está en su derecho de hacerlo y eso no es un crimen. Como mujer Cristina es tan dueña de su cuerpo como cualquier otra, Pedroche era reincidente en esto, sabía lo que hacía, aunque lo que hubiera hecho fuese dejar que otros decidan que es lo que debía ponerse. No decidir, o delegar esa capacidad en otros, es también una decisión. Si lo que se pone una mujer va a ser tan observado y criticado ¿cómo podemos utilizarlo para cambiar el discurso machista de objetivación?

La moda sirve para algo más que seguir cosificando a la mujer, gracias a su contenido semántico, a que dota a la ropa de un lenguaje propio puede servir para empoderarlas. Beyoncé utilizó en ***Flawless, una canción publicada en 2013, un fragmento de un discurso de Chimamanda Ngozi Adichie en las charlas TEDx  donde decía:

Criamos a las chicas como competidoras las unas de las otras. No para conseguir trabajos u otros logros (que pienso puede ser algo bueno) sino por la atención de hombres. Enseñamos a las niñas que no pueden ser seres sexuales de la misma manera que los niños. Feminista: es la persona que cree en la igualdad social, política y económica de los sexos.

Siguiendo con parte de los razonamientos de Adichie, aunque esta haya renegado al final en participar del “circo” y la visión de la cantante sobre el feminismo, Beyoncé a creado un discurso donde la ira, el dolor, la negación, la curación, la alegría y la reinvención que se articula de una manera empoderadora. Una de las vulnerabilidades que ha explorado en su trabajo es la de ser sexual, y ella lo explora de la misma forma que se anima a los chicos a serlo sin ser considerada por ello “una puta”. Canciones como Partition o Drunk In Love hablaban de sexo sin tapujos, sí, también de sus relaciones con los hombres, pero de las relaciones que ella escogía. Si esto lo hubiera hecho un hombre, sería normal hablar de sexo y de la posición que le gusta ocupar en las relaciones o que le interesa mantener, pero si lo hace una mujer ¿es por qué el sistema la a obligado a ello o porque ella ha querido? Puede que el sistema la lanzase a esa posición, pero también la lanzó a no hablar abiertamente de ello para conservar su estatus moral. Ella decidió romper con la regla de no hablar de ello pero también decidió mantener la posición que ocupaba porque la encontraba placentera, fue un acto de libertad.

Imagen de Getty Images

 

De hecho Beyoncé ha ido más allá y ha reclamado su cuerpo como algo más que un objeto de deseo. No está mal desear un cuerpo mientras que esta no sea la única cualidad que pueden tener solo los cuerpos femeninos, sino que lo ha convertido en un lienzo para expresarse. El feminismo debe ampliar las oportunidades y la autoexpresión, no limitarlas. Haciendo uso de esa libertad Beyoncé ha encontrado una nueva forma de comunicar ciertos mensajes en algo que, hasta hace no tanto tiempo, ha estado codificado como algo esencialmente sexual y sucio, algo de lo que las mujeres tenían prohibido hablar. El camino no está en eliminar el cuerpo del discurso porque este este sexualizado y cosificado, si no en utilizarlo para decir que no es propiedad más que exclusivamente de la mujer que lo posee y que con él puede hacer lo que quiera.

El cuerpo se viste y todo lo que le ponemos encima tiene un significado, pues las prendas adquieren uno gracias a que la moda es un lenguaje. Todo lenguaje depende de su contexto y la moda no iba a ser menos. El contexto de lo que nos dice Beyoncé lo encontramos en su propia actividad artística. Desligar los diseños que lleva de su música, de sus videoclips o sus declaraciones sería eliminar una parte importante de lo que nos quiere transmitir. La cantante nos habla de su relación con los hombres, de como se siente y de como su cuerpo ya no es algo que sea valorado en relación a como otros puedan disfrutar de él, sino de como ella misma lo disfruta. Que Beyoncé salga con corsé o maillot inicia un camino en el que el cuerpo femenino sea algo diferente de lo que se nos planteaba hasta ahora. No es solo luchar contra la sexualización y cosificación sino en ser conscientes del potencial sexual que se tiene, aceptarlo y utilizarlo a placer de uno mismo. El tradicional discurso que enseña a las chicas a tener vergüenza, a que cierren las piernas, a que se tapen, a sentirse culpables por el hecho de ser mujeres queda aquí subvertido para que puedan experimentar el deseo que les proporciona su propio cuerpo.

¿De qué forma Beyoncé ha añadido nuevos significado a su cuerpo?, ¿cómo ha subvertido los viejos significados? Cada estilismo de la cantante añade algo diferente. Cuando interpreta Partition o Drunk In Love, por ejemplo, siempre lleva brillos por todas partes e incluso en su último tour, iba completamente de dorado. Este outfit nos habla del poder, puede que de un poder ligado al dinero, pero que la desvincula directamente de esa relación machista en la que la mujer tenía que complacer al hombre para ser mantenida. Al expresar su poder e independencia económica mediante la opulencia indumentaria, toda la sexualidad que refleje será por un mero deseo suyo, por que quiere satisfacer su propio deseo, no lo hace por satisfacer expresamente el deseo de otro. Al actuar en la Superbowl de 2016 llevaba un maillot negro de cuero con dos bandas que emulaban dos cananas cruzadas. Esto tenía una referencia en un estilismo similar que lució Michale Jackson pero al cantar Formation llevándolo nos trasmitió otra cosa. El poder de esa emulación de fuerza militar le daba un enfoque nuevo a todo transmitiendo esa agresividad hasta cierto punto, declarando que estaba dispuesta a entrar en batalla por su color de piel y conseguir lo que ella desea.

Beyoncé y sus bailarinas en la Superbowl L. Imagen de EPA

 

Que Beyoncé exprese poder y seguridad mediante su cuerpo, enseñándolo o exhibiéndolo, como alguna vez se ha señalado en los medios de comunicación, también trastoca el lenguaje tradicional de la moda. Para ser profesional la apariencia masculina era el estándar. Está alojado en la mente de muchos que cuanto menos femenina sea una mujer más probable es que la tomen en serio (y no voy a entrar en lo que se tiene que considerar o no como femenino, me refiero a lo que tradicionalmente ha sido así). Mientras que un hombre no se pregunta si le van a tomar en serio por la ropa que lleva puesta a las mujeres si se las somete a ese juicio. Utilizar la moda para cambiar las normas es ayudar a que estos juicios dejen de tener ese valor sexista. Proyectar una imagen de seguridad y de poder luciendo el cuerpo significa que el cuerpo femenino ya no será algo sobre lo que otros puedan tener control, es cambiar lo que significa luciéndolo y dotándolo de signos nuevos a través de la moda. Mostrar con orgullo lo que tradicionalmente se ha considerado femenino ayuda a quitar el poso de sumisión y de culpabilidad que tradicionalmente se le ha achacado.

Si somos honestos con nosotros mismos ver unos pechos o un trasero en pleno siglo XXI ya no es un escándalo pero parece que querer ocultarlo más de lo que los estándares occidentales estipulan si lo es. En el verano de 2016 una treintena de municipios franceses vetaron el burkini en sus playas. Tras los atentados que sufrió el país cualquier símbolo que pudiera simbolizar el Islam se convirtió en objetivo. La misma sociedad que critica y espera, como un lobo ansioso a su presa, a ver a una mujer luciendo poca ropa es la misma que prohíbe que otras se tapen tanto como deseen. No hablamos ya de si el burkini es un elemento opresor de la mujer, aunque de la cultura de la que procede si lo sea, negar el derecho a alguien a llevar una determina prenda es aborrecible.

El burkini se ideo para que. en los países donde es obligatorio el velo, las mujeres pudieran bañarse y disfrutar del agua, cosa que hasta ese momento resultaba casi imposible. Cuando hablamos de países democráticos, donde no hay una ley que regule la vestimenta prohibir que alguien se cubra resulta un tanto contradictorio. Además que esto suceda en Francia, el país que abolió las leyes suntuarias y permitió el nacimiento de la moda gracias a la ley que aseguraba la libertad de vestimenta es todavía más chocante. Si las mujeres que lo llevan están o no presionadas para llevarlo es otra cuestión de la que no vamos a ocuparnos ahora. Nada nos asegura si esas mujeres llevan el burkini por elección propia o por obligación social, familiar o cualquier otra. Sin ir más lejos tenemos el ejemplo de la chef Nigella Lawson quien declaró más tarde que lo llevaba para no broncearse y mantener su piel más pálida. Prohibirle a una mujer a llevar Burkini porque piensas que esa prenda atenta contra su libertad es más maligno aún. Ese acto significa negarle su propia capacidad de decidir, de luchar por lo que considere que debe llevar o no puesto. Nosotros como occidentales debemos darle las vías para que pueda elegir que hacer, no prohibirle absolutamente nada, porque esa es la misma lógica de dominación de la que supuestamente la queremos liberar.

Mujer llevando el burkini. Foto de Stringer Reuters

 

Decía una canción de Olé Olé: “no controles mi forma de vestir” y es que no podemos querer controlar la forma en la que la gente quiere o no expresarse. La indumentaria es una forma de comunicar por medio de la moda, es un lenguaje, y si presuponemos la libertad de expresión, la libertad de indumentaria queda presupuesta del mismo modo. La moda es un lenguaje con el que podemos expresar tanto cosas buenas como malas, al igual que el castellano tiene unas reglas que nos obligan a expresarnos de una determinada manera la moda también las tiene para que nos vistamos de una determinada forma. Pero al igual que las reglas del lenguaje cambian las de la moda también. Hacer uso de los significados, conocer las reglas y cambiarlas puede ser una herramienta muy importante para conseguir cambios efectivos en otras causas. Si dejamos de querer controlar lo que lleva Cristina Pedroche, tanto los directivos de su cadena por querer dar que hablar como los supuestos guardianes de la moral y el feminismo, lo que luce Beyoncé y que si se autodenomina feminista debe o no llevar lo que lleva y lo que las mujeres vistan en la playa. No controlar la forma de vestir de otros nos da la posibilidad de encontrar formas de expresión, de libertad y de cambio social.

Estudiante de Doctorado en Filosofía, Blogger, Bailarín, Actor, Poeta y Escritor, Dibujante, Ilustrador, Cool Hunter, Estilista, Arstista Multidisciplinar. Vegano, Feminista.

Filosofía Pop: ¿Y tú por quién lloras?

Aunque pueda sonar raro la Filosofía Pop existe: es una filosofía para la que no existe nada trivial y que es accesible a cualquiera que quiera entenderla. La Filosofía Pop nace de la conjunción del mundo cotidiano  y del pensamiento, que al colisionar en la experiencia hacen que se busque un sentido, que se dote a lo que experimentemos de un significado. No pretende erigirse como una atalaya ocupándose de los problemas metafísicos y del sentido de la realidad, requiere de lo cotidiano para poder existir, pretender dar respuesta a lo que sucede en el día a día. Al igual que Slavoj Zizek, recurriremos a elementos de la cultura popular para explicar la filosofía, para explicar ideologías, éticas, problemas sociales y a la luz de la propia filosofía o bien plantearemos preguntas que debe resolver la sociedad civil o el individuo y/o propondremos alguna solución. Adentrémonos en un modo pop de hacer filosofía.

Con una sola noticia nos hemos encontrado que se ha desatado una marea de juicios morales, ataques, denuncias y diligencias policiales, todo ello debido a la reacción en Internet que ha provocado la noticia, cuando otras, mucho más graves, no logran indignar tanto a la mayoría. Tras la muerte del matador (me niego a llamarle de otra forma y tampoco estoy diciendo nada que no pueda decirVíctor Barrio se desataron múltiples y muy variadas reacciones por las redes sociales. Pudimos leer tanto en Facebook como en Twitter quienes se lamentaban profundamente por la muerte del segoviano hasta quienes expresaban su alegría de que se produjera este hecho. A raíz de estas últimas opiniones es donde se desató la polémica. ¿Está bien alegrarse de la muerte de alguien? ¿Realmente los comentarios se alegraban de la muerte de un ser humano o se alegraban de otra cosa? ¿Es lícito publicar esos pensamientos y ser castigados por ellas?

Todas esas preguntas y lo que pasó después nos plantean muchas líneas diferentes a poder seguir que tienen que ver tanto con la ética como con la filosofía política. Abordemos en primer lugar el hecho de la “alegría” por la muerte de otro ser humano. Tradicionalmente hay dos concepciones básicas sobre la moral: una que es la capacidad que tiene el ser humano, en cuanto ser libre, de decidir que está bien o mal y actuar en consecuencia; la otra es la que considera que la moral trata sobre lo que es aceptable o no en relación con las costumbres y comportamientos regulados por una religión, una cultura, grupo, etc. Frente a los comentarios sobre la muerte del torero muchos los calificaban de inmoral y eso es un error, porque la moral que tiene un individuo no tiene que coincidir con la de otro. La cuestión la debemos situar en si es o no es ético alegrarse por el fallecimiento de un matador y si eso lo deberíamos hacer público.

La ética es la reflexión filosófica que se hace sobre la moral y que intenta extraer racionalmente de esta última una serie de reglas y normas universales sobre lo bueno y lo malo y como deberíamos actuar en consecuencia de ello. Ya hemos visto que la moral es algo privado o perteneciente a un colectivo y que por tanto no se puede intentar imponer a otros. La ética por su parte intenta buscar las mejores reglas y principios para todos, pero estas tienen que venir acompañadas de una justificación racional. Además la ética suele dar valor a las acciones o intenciones de las personas por lo que intentar dar valor a algo más allá de ello escaparía de su campo de estudio. Alegrarse por algo es una emoción, no es algo tangible y por tanto decir si una emoción es buena o mala es algo propio de la moral, no de la ética, incluso cuando el suceso que provoque esa alegría no sea sustancialmente bueno, la emoción en sí misma no es ni buena ni mala, es el hecho lo que sería malo.

Por lo tanto expresar alegría por la muerte de una persona solo puede ser moralmente condenable, pero como la moral no es algo universal y responde a muchos particulares, no es un juicio que se pueda universalizar. Tampoco es delito, al menos en España. Cuando asesinaron a Isabel Carrasco, por aquel entonces presidenta de la Diputación de León, las reacciones de la gente fueron bastante similares a las que nos hemos podido encontrar en las redes sobre la muerte de Víctor Barrio. Si miramos lo que ocurrió entonces y ahora podemos llegar a la conclusión de que no es delito alegrarse por la muerte de una persona, al igual que tampoco lo es decirlo públicamente. Los delitos de injurias (que atentan contra la dignidad de una persona), calumnias (imputar un delito a alguien con conocimiento de su falsedad) o amenazas, o incitar a cometer un delito es castigable por la ley, pero aún en el supuesto que se hayan cometido injurias contra el matador, el derecho al honor del mismo se acaba cuando fallece. Solo sería punible que se incitara a matar, tendría que hacer nacer las ganas de asesinar a otro con un comentario, cosa que es un tanto difícil con los 140 caracteres de un tweet o un simple estado de Facebook.

Decir que “ojalá todos los toreros corran la misma suerte pronto” tampoco es delito. Con esa frase no se incita al odio, a la violencia o se provoca la discriminación contra el colectivo de matadores españoles, no se atenta contra su honor ni nada por el estilo, tal y como parece que quieren hacer creer los colectivos que se dedican a torturar y matar a los toros. Otra cosa bien distinta es que se arremeta contra los familiares del difunto, como si que hemos visto que ha ocurrido en Twitter, ahí se está ejerciendo un tipo de violencia psíquica contra alguien emocionalmente frágil y en esa situación algunos de los comentarios vertidos podían llegar a ofenderlas y humillarlas. ¿Qué culpa tiene alguien de enamorarse, de querer a otro, aunque el oficio de ese otro pueda ser condenable ética y moralmente? Ninguna. Uno no elige enamorarse de quien se enamora, es algo que sucede y la mujer de Barrio no tenía la culpa de a lo que se dedicaba su marido y por tanto irle con gracias sobre la muerte de alguien a quien quería además de estar fuera de lugar es atentar contra el estado psíquico y emocional de alguien que no tenía culpa de nada.

Pero aquí nos llega la siguiente cuestión: es condenable la actitud de ciertas personas con los familiares del matador pero ¿y si las mismas opiniones no se vierten directamente contra ellos y se expresan de una forma libre y sin ánimo de ofenderles ni dañarles? Aquí podemos tomar el ejemplo del desafortunado comentario de un profesor que decía que bailaría sobre la tumba del matador y que ojalá corrieran la misma suerte toda su estirpe. A pesar del dudoso gusto y la reprobación moral del comentario, él no lo dirigió directamente hacia nadie, lo escribió en su muro de Facebook, expresando su opinión. El problema radica en que no parece haber un consenso entre lo que es y no es público en Internet y sobre todo en las redes sociales. Si para el filósofo alemán Jürgen Habermas la esfera pública es la que se articula entre la esfera privada y la política y esta tiene a su vez diferentes espacios de distinto rango y alcance ¿qué nos hace pensar que en Internet eso no pasa? Por mucho que una publicación se viralice hay ámbitos privados y semiprivados en las redes, incluso cuando estos comentarios se hacen de forma pública, porque una cosa es no avergonzarse de lo que uno piensa y otra entender que porque lo pueda leer cualquiera es de dominio público.

Yo mismo a raíz de una publicación sobre la muerte de Víctor Barrio recibí un comentario de alguien que no estaba ni siquiera entre mis amigos de Facebook ¿qué derecho tiene esa persona para entrometerse en lo que yo escribo o dejo de escribir sin una afán de exposición pública? Si nos guiásemos por esa lógica deberíamos de hacer lo mismo con las conversaciones que pudiéramos escuchas por la calle y eso es algo que no hacemos. Entendemos que aunque podamos acceder a ello no se desarrollan en un ámbito completamente público y que entrometernos atenta contra la privacidad de las personas que mantienen la conversación. Con las publicaciones en Facebook se debe de suponer lo mismo, no así con las de Twitter o en un blog ya que ahí la lógica es soltar pensamientos (a menos que se tomen medidas para controlar su privacidad) para que queden a disposición de quien quiera consultarlos. Así debemos entender que no todo lo que circula en la red es de dominio público, hay ámbitos que requieren de privacidad, aunque puedas llegar a verlos.

También en todas las interacciones cibernéticas parece que la gente solo leía y entendía lo que quería, mientras unos explicaban el porqué de sus opiniones e intentaban hacer ver que no era lo que se les acusaba de pensar, algunos supuestos guardianes de la moralidad salieron para reprobar esas actitudes. Las falacias y los saltos argumentativos comenzaron a darse como las flores tras las primeras lluvias al llegar la primavera, el discurso dejó de tener sentido para defender las creencias y las posturas personales. Mientras algunos decían que el matador se había merecido su fin por meterse ahí, otros intentaban decir que no, que al igual que los que saben que les puede pasar algo por practicar deportes de riesgo y mueren era lo mismo. En primer lugar no es lo mismo, la lógica que se esconde tras el argumento sobre el fallecimiento del matador es: si entras a una plaza a hacer sufrir a un animal y este intenta defenderse, solo tu eres el responsable de lo que te pueda pasar, eres tu quien asume un riesgo innecesario donde torturas a un animal que lucha por su vida, si mueres solo será consecuencia de tus propios actos. Si alguien que practica Fórmula 1 o paracaidismo muere no se merece morir, asume un riesgo si, pero la principal consecuencia de sus actos no es la muerte de otro ser vivo por lo tanto su propia muerte se debe a un fallo de los medios que se pusieron por su propia seguridad.

Para los que expresaron su alegría por la defunción de Barrio (o al menos a la mayoría) lo único que ocurrió es que se hizo justicia del modo más salomónico posible. Como en la ley gitana, si matas te matan. Para los que consideran que una vida humana tiene el mismo valor que la de un animal (a esto en ética se le llama postura antiespecista) que alguien que se dedica a asesinar y torturar reses por diversión es alegrarse no de la muerte en sí, si no de que esa persona ya no podrá hacer más daño a otro ser vivo y hacer un espectáculo de su sufrimiento. Entender esta línea de pensamiento no significa apoyarla, pero si evitar acusar a los demás de cosas que ellos nunca han dicho, de evitar discusiones sin sentido. Mientras se acusan unos a otros de intolerantes y de bárbaros se pierde el intento de entender y comprender, algo sumamente necesario para poder establecer un juicio y entablar una discusión que no se limite a un “eres malo y eso que has dicho eres malo” y “el malo eres tu por defender a matador”.

Quizá debería preocuparnos más que se condene y se haya dado tanta importancia a las reacciones de la muerte de una sola persona y no se la demos cuando más muertes se producen fuera de nuestras fronteras. Quizá debería preocuparnos que no nos importa la dignidad como seres humanos, como algunos enarbolan contra otros, cuando vemos bien alegrarse por la muerte de un terrorista, de un violador o de un maltratador y no de alguien que ha dedicado su vida a hacer sufrir a otros animales ¿y si en vez de con toros lo hubiera hecho con perros? Quizá debería preocuparnos que algunos de los que piden respeto y honor por el fallecimiento de un matador no la pidan por la del obrero que pierda la vida por falta de medidas de seguridad o por las de cualquier otro trabajador que no tenía culpa de nada. Quizá debería preocuparnos que le demos más importancia a lo que personas anónimas digan en las redes sociales y no lo que una figura pública como Gabriel Picazo se refiriese a un partido político diciendo “Os queremos convertir en abono para las cunetas” ¿no incita eso más al odio y al honor? ¿no tiene más sentido defender antes los derechos de los vivos que los de los muertos?

También debemos de pensar hacia quien dirigimos nuestra empatía. Por naturaleza estamos “programados” para sentir el dolor de los de nuestra propia especie y en menor grado por los animales que comparten más rasgos físicos con nosotros. Es decir, seremos más empáticos con un mamífero como un gato o un perro que con una araña o una oruga. Pero al igual que la empatía es un mecanismo natural para la supervivencia de la especie la cultura también lo es, es un mecanismo intrínseco de la especie humana. Como todo lo que deriva de la naturaleza las cosas tienen que cambiar, no siempre todo funciona en todos los entornos. Por cultura y por tradición en Esparta se abandonaba a su suerte a los niños que nos coincidían con el canon esperado (eso o algo peor). Por cultura y tradición se perseguía a los diferentes físicamente por tener cualidades mágicas o diabólicas. Y así muchas otras atrocidades que por fortuna se han extinguido en su gran mayoría. El ser humano de hace dos mil años no es el mismo que el del presente, al igual que tampoco lo es el de hace cien años y el de ahora. Necesitamos adaptarnos a nuestro tiempo, a nuestras necesidades. Desarrollar una empatía mayor hacia otros seres vivos es una respuesta a empezar a entender que necesitamos de los otros animales para no cargarnos nuestro ecosistema y por lo tanto nuestra propia supervivencia.

Esa empatía es algo natural en nosotros mismos. Esa empatía nos pide que extendamos nuestras emociones de dolor cuando otros lo sienten y esto ya no solo se limita a nuestra especie. Nuestra propia evolución, tanto cultural como natural, nos pide ser más compasivos, por nuestro propio bien, por nuestra propia supervivencia. Somos más propensos a sentir empatía por las víctimas que por los verdugos. Es normal que se sienta más tristeza y más rabia por todos los toros asesinados en lo que algunos llaman fiesta y cultura que por un matador que ha fallecido ante un animal que solo buscaba su supervivencia. No nos hace menos humanos sentir más dolor por el toro que por el matador, nos hace más compasivos, más empáticos. Al igual que sentimos más dolor por la víctima de violencia de género que por el maltrador, aún cuando los dos hayan muerto. Sentir más pena, más dolor, más ira, etc. por la víctima que por quien comete el crimen es natural en nosotros. El matador aquí no es la víctima de nada, el animal sí.

Hoy por hoy y si me preguntan yo no he llorado ni lloraré por la muerte de Víctor Barrio. Tampoco puedo sentir pena o lástima, si por sus familiares, que han perdido a un ser querido y conozco muy bien esos sentimientos. Pero no puedo sentir empatía alguna con un ser que dedicó su vida a maltratar a otro ser vivo hasta su muerte e hizo de ello su profesión. No puedo sentir empatía por alguien a quien considero un sádico y un desalmado, no puedo llorar por ellos. Solo puedo sentir alegría de que ya no hagan más daño, de que haya en el mundo alguien menos dispuesto a hacer espectáculo del sufrimiento de otro animal, y es alegría de eso y no de su muerte en sí. Hoy por hoy si me preguntan por quien lloro no puedo responder que por el matador, yo lloro por los que han perdido a alguien querido, lloro por toda esa sangre inocente, esa sangre animal, que ha sido derramada por un supuesto arte y un espectáculo tan retrógrado como las peleas de perros, de gallos o el propio circo romano. Lloro por el intento de querer quitarnos nuestra libertad de expresión y por el intento de infundirnos miedo por decir lo que pensamos y lo que sentimos.

Estudiante de Doctorado en Filosofía, Blogger, Bailarín, Actor, Poeta y Escritor, Dibujante, Ilustrador, Cool Hunter, Estilista, Arstista Multidisciplinar. Vegano, Feminista.