In A Lonely Place

Era ya de noche, la niebla descendía por la montaña engullendo todo aquello que encontraba a su paso. Entre los árboles las criaturas se desperezaban entre las sombras y el aire frío. El bosque que cubría la falda de la montaña se encontraba dividido por una serpenteante carretera que ascendía hasta la cima, iluminada tan solo por los retazos de luz de luna y estrellas que se escapaban tímidamente entre el tamiz de los árboles de hoja caduca a punto de quedarse desnudos. Un coche ascendía robándole a la oscuridad el dominio de la montaña.

Ariadna y Carlos iban de camino a la casa rural que había cerca de la cima. El equipo de música hacia rato que se había estropeado y los dos estaban muy callados. Ariadna miraba fijamente a la carretera, distraída y absorta en sus pensamientos, parecía casi un maniquí de porcelana con la piel tan blanca y el pelo tan perfecto, a pesar de que la capota del coche estaba bajada ya que también se había estropeado. Habían discutido desde que salieron de casa, por el equipaje, por el atasco, por la radio, por la capota hasta por las paradas que tuvieron que hacer por el camino.

Carlos tenía la boca seca, desde hacía algún tiempo las cosas ya no iban tan bien como al principio, puede que la cosa se hubiera enfriado y el en parte se sentía culpable sin saber muy bien que es lo que había hecho. Al llegar una curva las luces iluminaron los ojos rojos de algún animal nocturno, cosa que él utilizo como escusa para poder hablar:

-Que susto me ha dado el bicho ese ¿lo has visto?

Ariadna seguía callada, absorta en su mundo, esta rígida y perfecta como una estatua de mármol, parecía que llevaba en esa postura miles de años y que nada sería capaz de moverla de su pose regia. Carlos le paso su brazo por encima del hombre y le dijo que no podían seguir enfadados por una tontería, y menos ahora que iban a casarse. Ariadna se aparto, se arrimo tanto a la puerta que si no hubiera estado cerrada hubiera caído rodando ladera abajo como un alud de sentimientos confusos.

Carlos, necesito que me dejes hablar, no que hablemos, necesito hablar yo. Las cosas ya no son como antes, cosa que es normal en un relación, no podemos seguir como cuando nos conocimos, eso sería demasiado pueril. Lo malo es que este momento en el que estamos a mi no me hace feliz, y creo que no voy a poder ser feliz junto a ti, llevo demasiado tiempo engañándome, creyendo ser una persona que no era e intentando convertirte al alguien que me hiciera feliz con solo mirarme. Creo que tu no me quieres, o al menos del modo que yo quiero que me quieran, no necesito de alguien que este pendiente de mi todo el día, que me atosigue como haces tu, solo de alguien que me apoye, que me ayude a levantarme cuando me caiga, que me pregunte que cabronazo me ha amargado el día en el trabajo y que simplemente me escuche y no se erija como mi caballero andante.

»Y lo peor de todo es que cuando me despierto a tu lado y te miro por la mañana ya no me siento afortunada, tampoco atada por el compromiso, eso nunca me ha asustado, simplemente me siento incompleta y tu no eres quien me completa para hacerme sentir plena y feliz. Somos muy distintos, quizá demasiado, creo que no nos gusta más de un par de cosas a los dos y es que ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo sobre lo que vamos a pedir para cenar. Te quiero, he sido feliz durante mucho tiempo contigo, pero no creo que si estamos juntos podamos ser felices, ni tu, ni yo.

Carlos siguio conduciendo, llegaron a la casa rural, aparco, no dijo una sola palabra, Ariadna estaba temblando después de haberlo soltado y no era capaz de mirarle y volvió a su postura de estatua, la misma que llevó todo el camino. Bajaron las maletas, se registraron en recepción y Carlos volvió a meter sus maletas en el coche.

Tienes razón hace mucho que las cosas no van bien entre nosotros. Puede que sea lo mejor, no quiero eliminarte de mi vida, pero puede que ya no sea buena idea seguir como hasta ahora. Te vengo a recoger el lunes, quizá el tiempo nos de otra visión de las cosas, aunque no lo creo.

Carlos le dio un beso en la mejilla y se fue. Ariadna derramó una lágrima, pero de felicidad, sabía que a partir de ahora las cosas irían mucho mejor, puede que como lo había planeado no, pero las cosas empezarían de nuevo y eso la tranquilizaba.

Muchas veces la esperanza de un nuevo comienzo, de empezar de cero, es mucho mejor que un futuro en el que sabes que no vas a ser feliz. Aunque puede que tengas que comenzar solo y que el futuro anuncie soledad, pero al menos tienes la oportunidad de cambiar las cosas y buscar la felicidad. La soledad puede ser el comienzo de algo mejor.

Estudiante de Doctorado en Filosofía, Blogger, Arstista Multidisciplinar, Cool Hunter, Estilista, Vegano, Eco-feminista.

Deja un comentario